También había cambiado su primer apellido, de Martí a Marina. Con este falso apellido se hacía conocer y alquilaba los pisos de los que casi siempre la echaban por no pagar las rentas. Durante las declaraciones a la policía confesó su auténtico apellido, algo que corroboró su marido Joan Pujaló.
La interrogaron por la presencia de huesos y otros restos humanos, así como por las pociones, cataplasmas, cremas, pomadas y botellas con sangre que habían preparadas para vender y que se encontraban en las casas, así como aquel cuchillo para desguazar.
Le hicieron saber que los huesos habían sido sometidos a altas temperaturas, quemados o cocidos, según los forenses.
La asesina, primero argumentó que ella hacía estudios de anatomía humana, aunque presionada por los interrogatorios acabó confesando que era curandera y que utilizaba a los niños como materia prima para fabricar sus remedios.
También dijo que era una experta y que sabía como confeccionar los mejores remedios, que sus preparados eran muy bien pagados por la gente más adinerada de la ciudad y por aquellos de mejor posición social.
Hubo un momento de debilidad en el que sugirió que se investigaran las viviendas de las calles Tallers, Picalqués, Jocs Florals y su casa de Sant Felíu de Llobregat. En aquel momento, ya sabía que estaba condenada y quería beneficiarse por los servicios que había dado como proxeneta a los pedófilos, pero no llegó a decir ni un solo nombre de ninguno de sus clientes.
Cuando le preguntaron por Pepito, ella dijo que ya no estaba con ella porque se lo había llevado al campo al ponerse enfermo. Le dio la misma excusa que a Claudia, cuando ésta le preguntó por el niño al extrañarle no verlo ni escucharlo.
Según Enriqueta, Pepito había llegado a sus manos porque una familia se lo había confiado para que se hiciera cargo de él.
Las autoridades sabían de la existencia de Pepito gracias al testimonio de la niña y la vecina, ya que una había convivido con él y la vecina lo había visto en alguna ocasión.
Cuando Angelita explicó el asesinato, además de las pruebas que encontraron en el saco que contenía la ropa y cuchillo, además de los restos de grasa fresca, sangre y huesos, no creyeron la excusa de la asesina.

Los restos eran de Pepito.
Enriqueta tampoco llegó a decir nada sobre la familia que "supuestamente" se lo había confiado, quedando más que claro que el niño había sido secuestrado como otros muchos.
Hubo una aragonesa que reconoció a Enriqueta como la secuestradora de su bebé, de tan sólo unos meses, seis años antes, en 1906. Al parecer, Enriqueta se comportó con una extraordinaria amabilidad hacia la mujer, que estaba exhausta y famélica por el largo viaje desde su tierra a Barcelona, entonces consiguió que le dejara al bebé. Se alejó con una excusa de la madre y desapareció. La mujer jamás logró recuperar a su hijo ni tampoco llegó a saber qué se hizo con él, seguramente ese bebé formo parte de todos los remedios de la asesina.
A Angelita la intentó hacer pasar por hija de ella y de Joan Pujaló, incluso enseñó a la niña para que dijera que su padre se llamaba Joan, pero la niña desconocía sus apellidos y no había visto nunca a su supuesto padre.
Joan negó la paternidad de esa niña, ya que nunca la había visto y Enriqueta ya le había mentido en ocasiones anteriores con falsos embarazos y falsos partos. En un exámen médico, se comprobó que Enriqueta no había parido nunca.
Finalmente Enriqueta dijo que Angelina era hija de su cuñada Maria Pujaló, que se la había robado cuando asistió al parto y le había dicho a su legítima madre que la criatura había muerto al nacer.
No existen otros testimonios de Enriqueta, ya que no hubo juicio y no se le pudieron hacer las preguntas que habían estudiado durante meses sobre este caso.
La Vampiresa de Barcelona pasó a la historia negra de España y del mundo en cuanto a crímenes en serie.
Durante muchos años se ha recordado a esta asesina con horror, formando parte de las pesadillas de muchas personas que vivieron en aquella época pensando lo que podía haber pasado con sus propios hijos y peor todavía, el lamento de las personas que los habían perdido sin imaginarse nunca que habían sido secuestrados para ser vendidos a pedófilos, torturados, asesinados y utilizados para comerciar con cada uno de los elementos que componían sus pequeños cuerpos.